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Rodando Cine | 29 Marzo, 2017

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“CURVAS DE LA VIDA” (“Trouble with the curve” de Robert Lorenz, 2012).

“Gus Lobel” (Clint Eastwood) es un viejo cazatalentos del beisbol en busca de su última joya: un bateador de jonrones, “Bo Gentry” (Joe Massingill), petulante y grotesco, que es la esperanza para los “Atlanta Braves” (equipo profesional de la Major League Baseball (MLB) para el cual trabaja “Gus”) de volver a estar en la palestra.

El trazo esquemático, como actor, al cual se ha apegado Clint Eastwood en los últimos años aparece moderadamente esbozado por Lorenz (único mérito de este debutante director; eso y  poner como canción de fondo “Long Cool Woman In a Black Dress” de “The Hollies” en una de las escenas; ya se irán dando cuenta por qué): avejentado, aprovechando la actual apariencia del legendario actor, apenas con ganas de vivir y con una actitud ermitaña que exaspera. Hasta aquí bien.

El problema viene con una actriz tan talentosa (y muy bella, hay que decirlo) como Amy Adams. Después de un trabajo excelso en “The Fighter” (la diferencia cuando se cuenta con un director experimentado y solvente como David O. Russell), aquí en “Curvas de la vida” tan sólo juguetea con una buena labor histriónica. Y esto no es culpa de Amy; está desperdiciada simplemente. Exponiéndose por momentos al ridículo escénico (como en esa escena del “clogging” o “baile montañero”), que logra salvar con su rutilante belleza. Hay momentos claves que corta bruscamente Robert Lorenz, no permitiendo con ello el desarrollo histriónico, a cabalidad, de la originaria de Veneto, Italia.

Amy Adams deberá tener más cautela al escoger al director con el cual trabajará en el futuro. Ya demostró que con realizadores con trazos propios y formales (v.gr. el mencionado Russell y P.T. Anderson), logra alcanzar muy altos picos de registro actoral, pero con uno mediano y sin autenticidad (como Lorenz), naufraga sin remedio. Amy tiene todo para convertirse en futura ganadora del Oscar®, sin embargo (y lo reitero) deberá poner más atención en sus próximos proyectos (cabe aclarar que “Man Of Steel” sí es una buena elección ya que al menos esta franquicia le garantiza imagen y estadía en las marquesinas).

¿Justin Timberlake? Bueno, qué se puede decir de un músico de dudosa reputación. Queriendo repetir el insólito caso de Mark Wahlberg (antes conocido como Marky Mark, cantante de rap de pocos alcances), que a base de repetidos esfuerzos ha podido convertirse, con dificultad, en un modesto actor.

Sin un gesto que demuestre algo más que repetir un diálogo memorizado, su mayor virtud fue decir con refreno “wow” (que repite básicamente en dos líneas de la película). Vaya, ni siquiera cuando tuvo que defender a “Mickey” (Amy Adams) de un ebrio de cantina pudo ser convincente.

Robert Lorenz intenta, sin ningún efecto, proyectar los trazos de Eastwood en pantalla (cree que le aprendió algo, pues ha sido su “Asistente de Director” durante años). No permite el desdoblamiento de las situaciones ni de los personajes; deja poco tiempo en pantalla los nudos dramáticos. Además, pretende franquear tres subtramas: el insípido enamoramiento de “Mickey” y “Johnny” (Justin Timberlake), el contrato del potencial jonronero “Bo Gentry” con los “Atlanta Braves” y la posible promoción de “Mickey” en su trabajo, aparte de la historia principal: la quebrantada relación de padre ehija que se da entre los personajes de Clint y Amy, respectivamente. Sin embargo, Lorenz no lo logra; al presentar exiguas viñetas, uno no logra empatizar lo suficiente con las circunstancias que presenta la historia y terminan por ser coyunturas acartonadas y telenovelescas. En lugar de hacer lo que ejecuta tan bien Clint Eastwood con los melodramas, que es economizar con una subtrama, si acaso.

Habrá que añadir que en el relato principal, Lorenz se harta de repetirnos que “Gus” no mostrará apertura emocional hacia su hija, “Mickey” (y después inopinadamente, como aquellos viejos trucos de Ary Sandy, se saca un as bajo la manga para explicar el porqué) provocando reiteradas posturas histriónicas que no le fueron bien a Amy (nuevamente).

Y la manera de resolver el final es ridícula: con una situación totalmente inverosímil (“Mickey” encuentra a un desconocido y supertalentoso pitcher en la calle) que soluciona de golpe la vida de los dos protagonistas.

Lo más doloroso de todo este desaguisado, es ver los nombres de Amy Adams y Clint Eastwood asociados a esta fútil película y lo peor, con un director facilón y primerizo. Lástima.

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