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Rodando Cine | 29 Marzo, 2017

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“LO IMPOSIBLE” (“The Impossible” de J.A. Bayona, 2012).

(Publicado por Miguel Eduardo Chang Bustamante).

¿Cuándo nos daremos cuenta que lo importante está en nuestras relaciones con los demás, lo que sembramos día a día con las personas que nos importan?

Reflejo de lo anterior es el diálogo que entablan “Henry” (Ewan McGregor) y “María” (Naomi Watts), preocupados más por el empleo y decidir quién será el nuevo proveedor de la familia (ante el potencial despido de “Henry”) que en disfrutar sus vacaciones. Cómo es que nos volvemos autómatas de nuestras obligaciones cotidianas en todo momento; enajenados nos olvidamos de gozar el presente.

J.A. Bayona (responsable principal de la bien facturada “El orfanato” (2007)), nos adentra en la tragedia (perenne, profunda y lamentabilísima) del 26 de diciembre de 2004, que arrasó con la vida de aproximadamente 230,000 personas en el sureste asiático. Indeleble herida proporcionada por la naturaleza que con eficacia visual resuelve el originario de Cataluña.

Impactantes escenas que derrumban nuestro ideal de bienestar y confort en sólo segundos. Sobre todo esa secuencia de Naomi Watts proyectada contra un ventanal que la arrastra por cientos de metros entre escombros y personas, ramas y fierros retorcidos; aguas violentas, enardecidas, como queriendo cobrar factura por todo el mal que hemos infligido a nuestro planeta.

Vemos a un Ewan McGregor como hace mucho no lo veíamos (aunque hay que reconocer su acertado trabajo en “Jack, el cazagigantes”): desencajado, derruido, rompiendo en llanto (tan genuino como en aquella obra del maestro Peter Greenaway, “The Pillow Book” de 1996). Bien como el padre angustiado, desesperado, en busca de su, ahora, extraviada y golpeada familia.

Naomi Watts cumple con otro estupendo papel dramático a cabalidad. Ese rostro hermoso, pero con un dejo de angustia que absorbe al menor asomo de inquietud (¿quién la puede olvidar en “21 gramos”, por ejemplo?). Notable cuadro donde voltea a ver el desastre dejado por el devastador tsumani (a través de la ventanilla de un avión) y su reacción denota todo: desolación, desencanto…tragedia, dolor.

Difícil tema de abordar (por el morbo que suscita la tragedia humana), pero que Bayona ha resuelto de manera eficaz. Tal vez la película que se tenía que realizar del tema (ya que Clint Eastwood con “Más allá de la vida” (2010) sólo registró los elementos post-traumáticos de la hecatombe).

Con solvencia, el catalán nos lleva por los amargos senderos de esos tristísimos días. La familia retratada en la historia es sólo el vehículo para mostrarnos lo pequeños  que somos ante la furia y la fuerza de la naturaleza.

Con pinceladas realizadas con destreza, como aquella en que “Lucas” (Tom Holland), el primogénito de los Bennett, ayuda a un sueco, también damnificado a encontrar a su hijo o aquella otra donde una víctima del maremoto a riesgo de acabar la batería de su móvil, presta sin reparo el artefacto a “Henry” para que éste pudiera comunicarse con un  familiar en Estados Unidos. Encuadres que exhiben que la mayor virtud del ser humano no es su inteligencia (de la que tanto nos ufanamos), sino su capacidad de cooperación, don que a menudo procuramos olvidar.

Estamos ante una tremenda lección de vida, que esperemos hayamos aprendido por completo, puesto que sólo somos huéspedes temporales de este bellísimo, aunque a veces, eso sí, furibundo planeta.

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