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Rodando Cine | 17 Agosto, 2017

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Bajan el telón en San Sebastián

Panorámica de la ceremonia de clausura del Festival de San Sebastián

La película de Wayne Wang, A Thousand Years of Good Prayers, consiguió el premio más importante del festival y el de mejor actor (Henry O), reconocimiento al poder de un filme sencillo e intimista.

Blanca Portillo y Gracia Querejeta, actríz y directora de Siete mesas de billar francés, obtuvieron los de mejor actriz y guión, galardón este último que compartió con John Sayles por Honeydripper.

La sorpresa más agradable, premio especial del Jurado, fue Buda as sharm foru rikht, de la iraní Hana Makhmalbaf.

Un indiscutido y aplaudido palmarés de un certamen que demostró una estimable calidad media en la selección oficial y un gran éxito de público, con una cifra que se acercó a los 200 000 espectadores.

Por otro lado, Párpados Azules fue la única cinta mexicana en ser distinguida en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, que ayer concluyó, pues obtuvo la Mención Especial del Jurado, dentro de la sección Horizontes Latinos, en la que participaron 18 filmes.

“Hemos premiado una película sencilla y pequeña. Wayne ejecuta sus ambiciones de una manera perfecta”. Así explicaba  el presidente del jurado, el escritor Paul Auster, la Concha de Oro a Mil años de oración. “Es la vuelta a sus comienzos, al cine independiente, habla de un mundo, el de los chinos americanos, que conoce muy bien”.

La película ‘Mil años de oración’, del cineasta estadounidense de origen honkonguense Wayne Wang ha conseguido la Concha de Oro del festival donostiarra. La cinta también ha conseguido la Concha de Plata al mejor actor para Henry O, que no ha viajado a España por su avanzada edad

El cineasta, nacido en Hong Kong y afincado desde muy joven en Estados Unidos, valoró el hecho de que el jurado de un festival como el de San Sebastián premie al cine más modesto e intimista.

“No todas las películas son grandes historias y por ello no son más fáciles”, añadió Wang.

Con gafas de pasta, camiseta oscura y una amplia sonrisa permanente en su rostro, Wang señaló que sabía que su película había funcionado cuando notó la emoción que causó en el público cuando el día de la proyección vio la reacción de los cerca de 2000 espectadores en la sala principal del Kursaal.

“Vi en sus caras lo que sentían en sus corazones. Ése fue el mejor momento del festival”, explicó el cineasta, para quien Mil años de oración es una historia sencilla para una película modesta.

“El jurado, compuesto por gentes de diferentes idiomas y culturas, tan alejadas de la china, ha entendido este filme sobre la incomunicación y la pérdida”, dijo.

Wayne Wang, agradeciendo el premio otorgado por el Festival

El actor de Mil años de oración, Henry O, Concha de Plata a la mejor interpretación masculina, se enteró de la noticia por el propio Wang, que le llamó por teléfono desde San Sebastián.

“Al principio se mostró muy comedido, algo habitual en él, pero luego comenzó a reír sin parar”, explicó Wang sobre el actor, un hombre que sufrió años de cárcel durante la revolución cultural china. Un cautiverio que le dejó unas duras secuelas: la imposibilidad de poder mantener erguida la espalda.

La segunda película más valorada por el jurado fue la ópera prima de la directora de 18 años Hana Makhmalbaf. Rodada en Afganistán, Buda explotó por vergüenza narra la terca obsesión de una niña de seis años por ir a la escuela para aprender a leer y escribir.

“Es una historia que habla de la inocencia, el poder y la muerte. Toda la sociedad está reflejada en esta película”, señaló la directora, siempre acompañada de su hermano.

La hija de Mohsen Makhmalbaf confía en que Buda explotó por vergüenza ayude a comprender las duras circunstancias de un pueblo en permanente conflicto. “No me da miedo recibir premios tan joven. No sé si mi padre está feliz, la que lo está soy yo”.

La joven directora Hana Makhmalbaf durante la conferencia de prensa que ofreció en San Sebastián

La película española Siete meses de billar francés, dirigida por Gracia Querejeta, logró el premio al mejor guión (ex aequo con John Sayles por Honeydripper) y a la mejor actriz.

Según Paul Auster, la decisión de premiar a dos guiones se debe a los “agudos diálogos de Sayles, llenos de giros muy graciosos” y a la estructura de la historia de Querejeta: “Un filme coherente con todos sus personajes, todos muy vivos”.

Si el premio se dividió en guión, no fue lo mismo en interpretación femenina, y cuando todo apuntaba a que la protagonista de Siete mesas de billar francés, Maribel Verdú, era la firme candidata a la Concha de Plata, la sorpresa saltó con el premio para su compañera de reparto, Blanca Portillo.

Gracia Querejeta, que dedicó el premio a su padre y a Verdú, destacó el duelo interpretativo de las dos actrices (“Una está de la mano de la otra y por eso me hubiese gustado un premio ex aequo”).

Portillo no acudió a San Sebastián a recoger la Concha de Plata porque no quiso suspender su obra de teatro Barroco de la cual es protagonista.

“Para mí ha sido una sorpresa enorme. Tengo una sensación muy rara. Desde que supe la noticia, he pensado mucho en la película, que está llena de vida y de luz. Es pura realidad y pura lucha y este premio me empuja a seguir peleando”.

La directora Gracia Querejeta recogió dos premios obtenidos por la cinta “Siete mesas de billar francés”. El suyo, correspondiente al Mejor Guión y el de Blanca Portillo, protagonista de la cinta y ganadora del premio a Mejor actríz

Portillo también recordó a su compañera Maribel Verdú y dijo que sin ella y sin Gracia Querejeta esta historia sobre el encuentro de dos mujeres en torno a un hombre (padre de una y amante de la otra) que deciden remontar su viejo negocio de billar de barrio no hubiera sido posible. “Ahora somos Blanca Verdú y Maribel Portillo”.

Después de siete años de no hablarse, Paul Auster y Wayne Wang, dos viejos amigos y colaboradores, volvieron ayer a abrazarse.

Fue durante los ensayos de la gala de entrega de los premios.

El triunfo de la película de Wang, Mil años de oración, tuvo un sabor doble para el cineasta chino.

Con la Concha de Oro se premiaba su vuelta al cine más personal e independiente y se cerraba una vieja herida con Auster, presidente del jurado de esta edición.

Según confesó a los periodistas el director chino, hace unos días se encontró desayunando en el hotel María Cristina al escritor neoyorquino, con el que no se hablaba desde que codirigieron Blue in the face.

Auster tomó la iniciativa y se dirigió a él con una escueta frase: “Siete años ya son suficientes”. “Fue un momento muy especial para mí”, aseguró Wang.

En un emotivo momento, Paul Auster, presidente del Jurado, le entrega el premio a Wayne Wang

“El premio está al margen y no tiene nada que ver con esta reconciliación”.

Paul Auster también habló de este encuentro en una habitación del hotel, horas después de hacerse públicos los galardones.

“Tuvimos nuestras desavenencias hace siete años y desde entonces no nos habíamos vuelto a hablar ni a ver. Con el tiempo los sentimientos se apaciguan y por eso hemos vuelto a hablar aquí. Cuando acepté ser presidente del jurado no sabía que concursaba una película de Wayne. Me enteré mucho después. Cuando lo supe sólo deseé una cosa: que fuera una buena película”.

Este año, la mirada de los programadores de la muestra oficial estuvo puesta principalmente en universos femeninos. Así fue en una docena de las que entraron en competencia. De todas estas, cinco fueron dirigidas por mujeres de diversos orígenes (Irán, Corea del Sur, España y Argentina), mientras que el resto ofrecieron diferentes interpretaciones acerca de problemáticas en algunos casos bastante comprometidas.

A pesar de que muchos suponían que Eastern Promises, de David Cronenberg, era una de las firmes candidatas, pasó de largo a la hora de recibir premio alguno.

Como ya es costumbre en este festival nueve años menor que el de Venecia y apenas cinco menor que Cannes, la organización funcionó como un reloj.

Para los cinéfilos, hubo dos retrospectivas de las buenas, una muy concurrida dedicada a Henry King y su centenar de títulos.

Estuvieron todas aquellas figuras anunciadas con anticipación, destinadas a desfilar por las alfombras rojas del Kursaal y del reciclado Victoria Eugenia: Cronenberg y Viggo Mortensen, Richard Gere, John Sayles, Barbara Hershey, Samuel L. Jackson, Lou Reed, Julian Schnabel, Michael Radford, Christopher Lambert, Demi Moore (que al igual que Gere llegó en un vuelo especial; no obstante, en su caso, sedujo con trasparencias en negro), el francés Phillipe Garrel del que se vio casi toda su obra, los mexicanos Alfonso Cuarón y Diego Luna, que entregó el premio Donostia a la actriz noruega Liv Ullmann; los locales Carlos Saura, Maribel Verdú, Aitana Sánchez-Gijón, Marisa Paredes y hasta Roberto Benigni.

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